Relatos Eroticos


MI TIA MACU

Soy de un pueblo de la provincia de Toledo y con dieciocho años, me marché a Madrid para estudiar medicina. Me fui a vivir a casa de mi tío Juan, hermano de mi madre. Mi tío tendría entonces unos cincuenta y tantos años. Estaba casado, desde hacia mucho tiempo, con Macu, de edad similar a la suya, pero mejor conservada. No habían tenido hijos y se llevaban bastante bien.
Desde el principio me extrañó la de veces que Ramón venia a la casa. Ramón era el vecino del piso de al lado y aunque no tenia la edad, estaba jubilado anticipadamente. Se pasaba las mañanas contándole cosas a mi tía, que se mondaba de risa. Era también muy amigo de mi tío y todos los domingos sé venia a casa a ver el partido de fútbol televisado por Canal Plus.
Una tarde, al volver de clase y pasar por el pasillo, vi a mi tía y a Ramón en la cocina. Me quedé sorprendidísimo, porque Ramón le estaba tocando suavemente el culo a mi tía. Me volví, sin que se dieran cuentas y les observé durante un rato. Los dos estaban de espaldas a mí y no se daban cuenta de mi presencia. Mi tía estaba removiendo algo en la hornilla y detrás de ella estaba Ramón. Me sorprendió la familiaridad con que Ramón le acariciaba el culo. Era evidente que no era la primera vez y que a mi tía no le molestaba en absoluto.
Silenciosamente, me fui a mi habitación. Cerré con cuidado la puerta, para no hacer ruido y me tumbé en la cama, muy nervioso. No me imaginaba que mi tía fuera tan guarra. Me sentía indignado, como sobrino de mi tío, pero también celoso. Mi tía, a pesar de su edad, era una mujer atractiva. Llevaba el pelo teñido de rubio platino y en su cuerpo resaltaban sus dos enormes tetas, embutidas siempre en sujetadores duros. No era extraño que le gustara al vecino.
Estuve pensando como se lo contaba a mi tío, pero por miedo no le dije nada.
El domingo siguiente, Ramón vino a casa a ver el partido de fútbol con mi tío. En un momento dado, se levantó y se marchó a la cocina, donde estaba mi tía preparando unas picadas. Yo, imaginándome el percal, me levanté sin decir nada, y me acerqué de puntillas a la cocina. Miré de reojo, y vi a Ramón agarrando a mi tía por detrás, mientras le besaba en el cuello. Mi tía llevaba una bata de estar en casa y Ramón se la levantó para acariciarle el culo. Mi tía, le dijo bajito "déjame, déjame, no seas tonto". Pero Ramón no dejaba. Al levantarle la falda, vi por primera vez los muslos de mi tía. Eran dos piernas gordas y macizas y me dejaron K.O. No pude aguantarme. Tremendamente excitado, me fui al baño y me hice una enorme paja, en homenaje a las cachas de mi tía.
Desde aquel día, observaba a mi tía con otros ojos. No desaprovechaba la ocasión para, discretamente, mirarle las piernas cuando se sentaba en el sofá o si yo estaba de pie, verle las tetas por encima del escote, si pasaba cerca de ella. Cuando sentía que estaba en su dormitorio o en el baño, me acercaba y la espiaba sin que ella se diera cuenta. Empecé a buscar en la canasta de la ropa sucia, sus prendas interiores, sobretodo sus diminutas tangas y las olía, incluso las besaba y me excitaba con su olor y su penetrante aroma.
Cuando estaba en casa y los oía en el salón, me acercaba sin hacer ruido y me quedaba en el pasillo espiándoles. Ellos hablaban con libertad, porque pensaban que yo estaba en mi cuarto estudiando. Pero aunque el no paraba de satirearla y de decirle lo buena que estaba, no pasaba de eso. Por la familiaridad con la que hablaba, yo estaba seguro que se la clavaba, pero que se reprimían cuando yo estaba en casa.
Una tarde los escuché en el salón. Me acerqué y le dije a mi tía que me iba al cine.
Me dijeron, muy sonrientes, que lo pasara bien y siguieron charlando sentados en el sofá. Yo me marché hacia la puerta de la casa, la abrí y la cerré, pero me quedé dentro, en la casa. Retrocedí sobre mis pasos silenciosamente, y nada mas acercarme a la puerta del salón, escuché a Ramón decir "ya se ha ido el pesado del niño". Me quedé un rato quieto, pegado a la pared, por temor a que me vieran. Pasaron unos minutos y no se escuchaba nada. Del silencio absoluto, se pasó a los gemidos. Armándome de valor, me acerqué un poco a la puerta del salón que estaba entreabierta y por el quício mire un poquito.
Mi tía y Ramón seguían en el sofá. Mi tía estaba con la bata completamente abierta y con las tetas al aire, por encima del sujetador. El vecino se las tocaba y chupaba como loco. Se apreciaba perfectamente sus gordas tetas y sus muslos torneados. Bajo las bragas blancas, se adivinaba un coño grande, lleno de pelos negros.
Luego ella se levantó, se puso de rodillas y empezó a chuparle la pija. Se la estuvo chupando un buen rato, hasta que él le dijo que se levantara. Ella se puso de pie y se quitó la bata, el sujetador y la tanga.
Por primera vez, la pude ver completamente desnuda y contemplar su cuerpo que tantas veces había deseado. Solo tenía una gargantilla de oro en el cuello y unas medias transparentes negras que le llegaban a la mitad del muslo.
Se tumbó en el sofá y el vecino se echó encima de ella. Se la metió de un golpe y empezó a clavársela con una velocidad endiablada.
Desde la puerta del salón yo veía cómo bailaban las gordas tetas de mi tía, mientras el vecino se la cojia. Entre suspiro y suspiro ella le decía: "Más, más, cojeme más".
Siguieron cojiendo un buen rato y yo cada vez estaba más excitado. Tenía mi pija completamente dura a punto de estallarme dentro del pantalón y no pude aguantarme. Me la saqué y empecé a pajearme allí mismo. Cuando me vino el gusto, me marché, sin hacer ruido, al cuarto de baño, donde eché en el baño una inmensa corrida. Cuando salí, todavía los escuchaba en faena....
Estuve varios años en esa casa, pero nunca me atreví a insinuarle nada a mi tía y mucho menos, a meterle mano. Y ahora, al paso de los años, me lo reprocho. Porque estoy seguro, que ella hubiera aceptado con agrado, que parte de su hambre se la hubiera quitado mi joven y virgen pija.